viernes, 17 de enero de 2020

EL RÍO Y EL MAR EN LOS MISTERIOS DE ELEUSIS

Es sabido que en los antiguos misterios de Eleusis, en la antigua Grecia, estos se dividian en los llamados misterios menores y los misterios mayores. Los menores se celebraban en la ciudad de Atenas unos meses antes de los misterios mayores, estos últimos requerían desplazarse desde Atenas a la vecina ciudad de Eleusis donde los misterios mayores se celebrarían finalmente.

Una de las diferencias que hay entre ambas fases de los misterios de Eleusis es que en ambas hay un ritual de purificación pero mientras en la primera fase, los misterios menores, se realiza la purificación en las aguas de un río en la segunda, los misterios mayores, para la purificación se acudía a las aguas de mar.

Lo que sigue son una serie de reflexiones personales mías que tengo a partir de mi intento de comprender lo que pudo ser todo aquello y que son solo fruto y reflejo de una opinión personal sin nada que la avalen, pero que quizá algunos encontréis de interés.

¿Por qué el río en un caso y la mar en otro? Me pregunto.

En ambos casos tenemos como agente purificador al agua, asociada al concepto de limpieza, purificación, entrar en contacto con algo primigenio libre de mancha y de forma. Pero en un caso es en forma de río y de mar en la otra con lo que en realidad la forma de ver simbolicamente esas aguas cambia y mucho.


El río tiene su cauce y dentro de él es un permanente transcurrir, fluir, nada en él permanece y a todo sigue algo y a ese algo a su vez otro algo, sin jamás detenerse. El río va atravesando el paisaje, siempre en dirección a su desembocadura. El río nace, transcurre y muere. No en vano decía el poeta que nuestras vidas son los rios que van dar a la mar.

Purificarnos en un río nos predispone simbolicamente a purificar nuestra vida en sus aspectos cotidianos. Es un sentir nuestra vida diaria inserta en lo sagrado hasta en sus más mínimos detalles, tomar consiciencia de que hasta el más pequeño detalle de lo que en ella nos ocurre o hacemos tiene una cara sagrada, relacionada con los dioses, en la que lo divino se encuentra presente. El ritual de la purificación en las aguas del río nos ayuda de este modo, cuando lo vivimos como algo sagrado, a tomar consciencia de nuestra condición de seres insertos en un mundo que es por si mismo sagrado, que como participantes de él nos hace a nosotros mismos sagrados y que por lo tanto requiere de nosotros un comportamiento acorde con donde estamos y lo que somos, es decir, un comportamiento acorde con lo sagrado.

Esta llamada a mantenerse consciente de que nuestra vida se da dentro de lo sagrado y con todo lo que ello implica actuaba durante meses en todo aquel que aspiraba a la iniciación en los misterios de Eleusis en la tensa espera que iba desde los misterios menores, con su rito de purificación en el río, hasta los misterios mayores. El que aspiraba a la iniciación sabía que algo estaba ocurriendo y que ese algo le reclamaba estar en permanente alerta para no perder de vista lo sagrado en lo más cotidiano. “Sagrado es cuando me peino y sagrado cuando me acuesto y me duermo y sagrado cuando al despertar despierto y me vuelva a peinar; sagrado es cuando recuerdo esto y cuando fallo y lo olvido hasta ese fallo y olvido sagrados son; Sagrado es cuando despierto pienso en ello, sagrado cuando duermo y lo sueño. Sagrado cuando camino, cuando hablo y cuando escucho, sagrado cuando me siento y sagrado cuando me levanto, sagrado es cuando me alimento y sagrado cuando aspiro cada bocanada de aire y cuando la expiro eso es sagrado también.” o ese es el efecto que imagino producía en la mente del aspirante a iniciarse, día a día, cada hora, dormido o despierto, durante meses el recuerdo de esa purificación en las aguas de un rio mientras se esperaban los misterios mayores.

Y tras meses de irse preparando entre otras formas de esa por fin llegaba el momento de los grandes misterios. Le llegaba entonces la hora a las aguas de mar de jugar su propio papel en estos misterios. Ahora eran solo ellas aquellas que nos podían purificar.

Pero estas aguas ya no son las aguas de un río. No tienen principio, ni medio, ni fin. El mar con sus aguas es lo definitivamente otro, aquello que no nos es lo cotidiano, no es lo conocido por nosotros, es lo insospechado, aquello que no podemos abarcar, lo que nos supera. El mar no fluye, o simbolicamente al menos no, simplemente es.

Pero al mar es a donde conduce el río que nos lleva, sea este río nuestra vida, el cosmos entero, o simplemente esos meses de tensa espera que nos han llevado desde los misterios menores a estos mayores que por fin se nos van desvelar. Son por ello las aguas del mar las mismas aguas del final del camino. Van ser por ello aguas que representan para nosotros lo otro, aquello que jamás hemos conocido, lo nuevo que deja atrás lo viejo, Y este final del camino es a su vez la meta del camino y por ello donde el camino muere. La muerte es el final y todo final una muerte. Pero la muerte asusta a quienes no conocen otra cosa que ser ríos que temen llegar a la mar. Pero ahora es la mar a donde vamos, como no hemos ido antes jamás. Vamos a la cuna misma de todos los misterios, hacia aquello que va cambiar nuestra forma de vernos a nosotros mismos, a lo demás todo, para hacer que nuestros ojos, ese nuestro mirar, vean y todo lo miren como ojos diferentes que ya no serán los nuestros de ayer. Quizá este paso nos cueste más de lo que pueda parecer, no es fácil aceptar que nuestros ojos dejen de ser nuestros ojos para que ocupen su lugar ojos que ven y miran de otro modo, pero es detrás de eso de lo que vamos cuando entramos en el camino que lleva a desembocar en los grandes misterios. Aceptar este cambio no es sencillo. Hay que purificarse con agua de mar, que nos haga sentir que ese final de todo río, incluido el de este que nos esta arrastrando hacia su propio final, no es un final que nos sea hostil. Es un final sí, pero al que nos entregamos, en el que confiamos, que se nos abre y a la vez nos abre a él, en el que nos vamos encontrar con lo inesperado y abrazarnos a lo inesperado.

Así es al menos como imagino al río y al mar cumpliendo su función en los antiguos misterios de Eleusis. Enseñándonos a través del símbolo que hay un camino y ese camino es un río que va dar a la mar, y ese rió es entrar en el conocimiento de lo sagrado en todos los aspectos de la vida y desemboca en comprender que todo es sagrado, que nosotros mismos somos sagrados y sagrado fue el comienzo, el medio y sagrado es el final. Para aquellos que alcanzan a comprender tales misterios hasta su propia muerte cuando le llegue es sagrada, pues saben que ellos mismos lo son, como lo es cada brizna de hierba, cada rayo de sol, cada hálito en nuestros pulmones y cada latido de nuestro corazón lo sepamos o no escuchar.

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